COMO USAR EL AUTOBUS SIN PERDER LA PACIENCIA
No imoprta la hora, ni para qué. Cuando usamos el bondi, todo puede pasar.
A clases. De la tranquilidad de la tibiecita casa, de nuevo a la puta calle. Las 20:30 es un horario jodido, porque cuando todos vuelven, uno se va. Además a cada clase nocturna de estas hay amenaza de falta por pereza extrema. Pero tengo que ponerme firme, porque allá esperan las simpáticas compañeras. Y por supuesto el profe, que puntual, practica el ejemplo para todos.
Salgo de casa, previo pacto de “milangas” con mi hermano (dejame una). Cospel en mano, espero el bus. Llega holgado. Sedo el paso a la dama, miro, subo, saludo. “Insert coins”, ticket en mano, pa´l fondo.
Será una costumbre que no sé desde cuando la ejecuto, viajo siempre parado. El que me conoce sabe de eso. Por una cuestión campechana, la silla es para la dama. Y no por ser agrandado, se sienta el que está cansado. Basta de rima, dijo mi prima y me fui pasillo al fondo y hubiera sido redondo si no me hubiese sentado. Y una costumbre mal habida, es de no hacer lo que uno prodiga.
De esta manera tome asiento en la posadera de la última fila a la izquierda. Con la nariz contra la ventana mire sin buscar punto fijo, sobre el paisaje en fuga. Nada que ver.
Frenos. Parada, Ciudad Universitaria. El chofer enciende la luz de cortesía delantera, para no ligar cospeles falsos. La gente sube, ficha, ticket a sentarse y así sucesivamente. El Central Azul se va llenando de pasajeros ávidos del regreso esperado. Dos paradas mas y full.
Noche cerrada y poca iluminación en las calles. La tenue luz cenital, fría, del coche, genera formas en los rostros e ilumina calaveras y cabelleras. Las ventanas se transforman en casi perfectos espejos, que me permiten otra perspectiva. Como de afuera, miro semblantes de reflejados. Caras largas, tristes, cansadas, alegres y de nabos enamorados. Sin dudas un largo día.
Desde atrás es como desde lejos. Los miro como lejanos. Los observo en sus lapsos de espera. Es un momento interesante donde la gente solo se deja llevar y me pregunto, en qué pensarán.
Trato de leer comportamientos que nada dicen a primera vista.
Allí, una mujer arremanga su largo sacón, acomoda en su muñeca el reloj y registra el tiempo. “Tarde al hogar”, reclamo en silencio como un marido celoso. Pero noto en su blanca mano, que no tiene sortija de bodas. Corrijo la chanza y arremeto. “Zorra”, seguro se lo sacó para estar con el otro.
Mudo la vista y dejo de lado a la mujer, para ocuparme de lleno del morocho de gafas oscuras en plena noche. Qué tramará el ardidoso, hijo del moustruoso “Caco”. El maldito no deja ver sus ojos, por no avivar sus intensiones claras al robo. Pensará que por estar presto a la puerta de ascenso, podrá escapar fácilmente sin ser devuelto el garrón. No importa lo que trame, yo estaré preparado en astucia para repeler cualquier movimiento. De nada le servirá, su largo y blanco bastón como arma impropia, contra una fugaz y certera patada al mentón.
El incesante golpeteo de su vara contra el piso, lo muestran nervioso e impaciente, dando señales inequívocas de que el momento se acerca.
Un ruido a chasquido, abdujo mi atención. Busqué en rededor la fuente del mismo. “Chuick, chuick”. Otra vez resonó entre tanto ruido a motor y metal galopante. Desubicado espacialmente, no podía descubrir el lugar de los chasquidos. Frente a mi, mejor dicho, en los asientos de adelante, la fusión de dos cabezas y sus respectivas cabelleras, se trenzaban en abrazos. No se podía ver más que una madeja grácil de pelos de colores diferentes. Mis lentes comenzaron a empañarse, en noche fría. Mientras la intensidad de los chasquidos arremetían uno tras otros.
Besos, lector. Apasionados e intensos besos, eran los causantes de semejante alboroto. Una pareja de rubias y castañas clinchas, pactaban promesas de ardientes cruzadas.
Miré por las ventanas y comprendí todo. El micro había ingresado a nueva córdoba, la meca del amor juvenil. La zona roja punzó de la ciudad, donde habitan jóvenes inmigrantes de pueblos del interior, provincias y hasta de países, por estudio o trabajo.
Mientras los tórtolos seguían en la “hora pico” justo en frente, mis empañadas gafas pedían pasarle un paño a la cuestión.
La guerra de lenguas se hizo incesante y de pronto los dientes chocaron desenfrenados. Entre risas, caricias y mimos, ellos intentaron frenar, inhibir sus antojadas hormonas. Pero el churrasco a la plancha caliente hace ruido e invita al puré. Nuevamente a los besos, “for export to France”, se relamían como gatos los bigotes, las comisuras de los labios, las mejillas, las orejas, la nariz.
Semejante demostración de amor tuvo un final incalculable. El flaco embistió la retirada abruptamente, casi pasándose de estación. Dejó a la moza, (musa a esta altura de mis noches solitarias), sentadita y sola.
Alguien de un timbrazo frenó la máquina y así, sin nada mas que un beso al aire, el rubio dejó atrás el final indiscutible de mis fantasías animadas de ayer y de hoy. Ella, saludó como doncella desde su zapallo, con una sonrisa de oreja a oreja, con rubor colorete en sus mejillas y labios.
“Caliente final” sentencio y me pregunto abrumado, “¿si el pibe calentó la pava, quién se tomará los mates?”. A estas alturas y después de desempañar en dos ocasiones mis lentes, al ver el lugar vacío junta a la cenicienta, una supernova de luz testosterona, estalló en mi cabeza e impulsó la idea loca de ocupar el lugar, ahora vacío, del príncipe azul. Lamentablemente no llego a ser sapo siquiera y además me equivoqué de cuento. Y me dije sin chistar; “a cada princesa su príncipe y a cada sapo su pozo”.
Acaecido lo dicho y ficto, intenté despejar mi evidente, ardiente, sentir. Pensé en lo precario de mi empleo y logré lentamente apaciguar mi Vesubio.
Sorprendido noté la ausencia del malvado malhechor de anteojos oscuros y bastón blanco. Seguro evitó perpetrar el robo al notar mi justiciera presencia.
Chacabuco y San Jerónimo, el piloto apunta la nave hacia plaza San Martín. Últimos trescientos metros, comenzamos a formar fila para el salto final.
Sedo el lugar y me coloco detrás de una regordeta dama de edad, con un pelo rojizo en forma de hongo nuclear.
Descuelgo el bolso portafolio del hombro para acomodarlo mejor y allí, sin querer, la punta del portafolio en franca picada como en ataque, arremetió hacia delante contra el abultado trasero. Con la intensión de evitar el impacto suicida, estiro con fuerza el cordel, dándole aun mayor efecto y velocidad.
Ni un Zero Japonés, fue tan certero en puntería en toda la segunda guerra. Bien me hubiera ganado, siendo occidental, el título de “As”. Pero el premio no fue tal.
La extrañada dama, rebotó golpes de artillería pesada, que dieron blanco en mi lamentosa y fruncida cara. La vergüenza me acurrucó entre mis antebrazos y las disculpas apenas se oían entre las palabrotas cantadas en “fa” sostenido.
No se si en verdad escuchó mis apologías. La dama, cuando el coche hizo parada, bajó y se perdió entre la gente.
Perplejo de tremenda tunda, hice segundos de tiempo entes de bajar. La gente a mi alrededor miraba como Minos, condenándome al foso del infierno del Dante.
No se, en qué piensan cuando viajan en colectivo. Yo no entiendo porqué la gente, en estos tiempos, es tan prejuiciosa.
Así, con cara de yo no fui, no pude hacer más que reírme de esta divina comedia.
Salgo de casa, previo pacto de “milangas” con mi hermano (dejame una). Cospel en mano, espero el bus. Llega holgado. Sedo el paso a la dama, miro, subo, saludo. “Insert coins”, ticket en mano, pa´l fondo.
Será una costumbre que no sé desde cuando la ejecuto, viajo siempre parado. El que me conoce sabe de eso. Por una cuestión campechana, la silla es para la dama. Y no por ser agrandado, se sienta el que está cansado. Basta de rima, dijo mi prima y me fui pasillo al fondo y hubiera sido redondo si no me hubiese sentado. Y una costumbre mal habida, es de no hacer lo que uno prodiga.
De esta manera tome asiento en la posadera de la última fila a la izquierda. Con la nariz contra la ventana mire sin buscar punto fijo, sobre el paisaje en fuga. Nada que ver.
Frenos. Parada, Ciudad Universitaria. El chofer enciende la luz de cortesía delantera, para no ligar cospeles falsos. La gente sube, ficha, ticket a sentarse y así sucesivamente. El Central Azul se va llenando de pasajeros ávidos del regreso esperado. Dos paradas mas y full.
Noche cerrada y poca iluminación en las calles. La tenue luz cenital, fría, del coche, genera formas en los rostros e ilumina calaveras y cabelleras. Las ventanas se transforman en casi perfectos espejos, que me permiten otra perspectiva. Como de afuera, miro semblantes de reflejados. Caras largas, tristes, cansadas, alegres y de nabos enamorados. Sin dudas un largo día.
Desde atrás es como desde lejos. Los miro como lejanos. Los observo en sus lapsos de espera. Es un momento interesante donde la gente solo se deja llevar y me pregunto, en qué pensarán.
Trato de leer comportamientos que nada dicen a primera vista.
Allí, una mujer arremanga su largo sacón, acomoda en su muñeca el reloj y registra el tiempo. “Tarde al hogar”, reclamo en silencio como un marido celoso. Pero noto en su blanca mano, que no tiene sortija de bodas. Corrijo la chanza y arremeto. “Zorra”, seguro se lo sacó para estar con el otro.
Mudo la vista y dejo de lado a la mujer, para ocuparme de lleno del morocho de gafas oscuras en plena noche. Qué tramará el ardidoso, hijo del moustruoso “Caco”. El maldito no deja ver sus ojos, por no avivar sus intensiones claras al robo. Pensará que por estar presto a la puerta de ascenso, podrá escapar fácilmente sin ser devuelto el garrón. No importa lo que trame, yo estaré preparado en astucia para repeler cualquier movimiento. De nada le servirá, su largo y blanco bastón como arma impropia, contra una fugaz y certera patada al mentón.
El incesante golpeteo de su vara contra el piso, lo muestran nervioso e impaciente, dando señales inequívocas de que el momento se acerca.
Un ruido a chasquido, abdujo mi atención. Busqué en rededor la fuente del mismo. “Chuick, chuick”. Otra vez resonó entre tanto ruido a motor y metal galopante. Desubicado espacialmente, no podía descubrir el lugar de los chasquidos. Frente a mi, mejor dicho, en los asientos de adelante, la fusión de dos cabezas y sus respectivas cabelleras, se trenzaban en abrazos. No se podía ver más que una madeja grácil de pelos de colores diferentes. Mis lentes comenzaron a empañarse, en noche fría. Mientras la intensidad de los chasquidos arremetían uno tras otros.
Besos, lector. Apasionados e intensos besos, eran los causantes de semejante alboroto. Una pareja de rubias y castañas clinchas, pactaban promesas de ardientes cruzadas.
Miré por las ventanas y comprendí todo. El micro había ingresado a nueva córdoba, la meca del amor juvenil. La zona roja punzó de la ciudad, donde habitan jóvenes inmigrantes de pueblos del interior, provincias y hasta de países, por estudio o trabajo.
Mientras los tórtolos seguían en la “hora pico” justo en frente, mis empañadas gafas pedían pasarle un paño a la cuestión.
La guerra de lenguas se hizo incesante y de pronto los dientes chocaron desenfrenados. Entre risas, caricias y mimos, ellos intentaron frenar, inhibir sus antojadas hormonas. Pero el churrasco a la plancha caliente hace ruido e invita al puré. Nuevamente a los besos, “for export to France”, se relamían como gatos los bigotes, las comisuras de los labios, las mejillas, las orejas, la nariz.
Semejante demostración de amor tuvo un final incalculable. El flaco embistió la retirada abruptamente, casi pasándose de estación. Dejó a la moza, (musa a esta altura de mis noches solitarias), sentadita y sola.
Alguien de un timbrazo frenó la máquina y así, sin nada mas que un beso al aire, el rubio dejó atrás el final indiscutible de mis fantasías animadas de ayer y de hoy. Ella, saludó como doncella desde su zapallo, con una sonrisa de oreja a oreja, con rubor colorete en sus mejillas y labios.
“Caliente final” sentencio y me pregunto abrumado, “¿si el pibe calentó la pava, quién se tomará los mates?”. A estas alturas y después de desempañar en dos ocasiones mis lentes, al ver el lugar vacío junta a la cenicienta, una supernova de luz testosterona, estalló en mi cabeza e impulsó la idea loca de ocupar el lugar, ahora vacío, del príncipe azul. Lamentablemente no llego a ser sapo siquiera y además me equivoqué de cuento. Y me dije sin chistar; “a cada princesa su príncipe y a cada sapo su pozo”.
Acaecido lo dicho y ficto, intenté despejar mi evidente, ardiente, sentir. Pensé en lo precario de mi empleo y logré lentamente apaciguar mi Vesubio.
Sorprendido noté la ausencia del malvado malhechor de anteojos oscuros y bastón blanco. Seguro evitó perpetrar el robo al notar mi justiciera presencia.
Chacabuco y San Jerónimo, el piloto apunta la nave hacia plaza San Martín. Últimos trescientos metros, comenzamos a formar fila para el salto final.
Sedo el lugar y me coloco detrás de una regordeta dama de edad, con un pelo rojizo en forma de hongo nuclear.
Descuelgo el bolso portafolio del hombro para acomodarlo mejor y allí, sin querer, la punta del portafolio en franca picada como en ataque, arremetió hacia delante contra el abultado trasero. Con la intensión de evitar el impacto suicida, estiro con fuerza el cordel, dándole aun mayor efecto y velocidad.
Ni un Zero Japonés, fue tan certero en puntería en toda la segunda guerra. Bien me hubiera ganado, siendo occidental, el título de “As”. Pero el premio no fue tal.
La extrañada dama, rebotó golpes de artillería pesada, que dieron blanco en mi lamentosa y fruncida cara. La vergüenza me acurrucó entre mis antebrazos y las disculpas apenas se oían entre las palabrotas cantadas en “fa” sostenido.
No se si en verdad escuchó mis apologías. La dama, cuando el coche hizo parada, bajó y se perdió entre la gente.
Perplejo de tremenda tunda, hice segundos de tiempo entes de bajar. La gente a mi alrededor miraba como Minos, condenándome al foso del infierno del Dante.
No se, en qué piensan cuando viajan en colectivo. Yo no entiendo porqué la gente, en estos tiempos, es tan prejuiciosa.
Así, con cara de yo no fui, no pude hacer más que reírme de esta divina comedia.
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1 comentario:
Muy buenoo!! casi grafico jeje inevitable fue no imaginarme a la pareja de tortolos, el sospechoso chorro con su "arma impropia" y la vieja regordeta con el pelo rojiso con corte hongo nuclear jejeje, me rei mucho...muy buen remedio..a veces lo practico tambeien..
Invito a q sigas mostrando tus historias asi nos regalas mas sonrisas:)
Anju..
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